Pornografía y educación sexual

Pornografía y educación sexual

No existe una estadística que nos muestre cuál es el porcentaje de hombres y mujeres que consumen pornografía respecto del total poblacional, pero sí existen estudios sobre los consumidores y consumidoras. En España, el 74% de los consumidores son hombres y el 26% restante son mujeres. La edad media de inicio en el consumo de pornografía son los 14 años entre los adolescentes hombres, y de 16 años en el caso de las mujeres (Ollero, 2016).


Esto es muy preocupante puesto que en el porno hay representaciones de sexo violento, torturas, violaciones o incestos, que condicionan la sexualidad; la de las chicas (que verán que las mujeres que se representan en el porno son sumisas y están a disposición del hombre, siendo humilladas en muchas ocasiones) y la de los chicos (que verán prácticas sexuales en muchos vídeos y asumirán que son lo “normal” y cuando tengan sus propias experiencias las pondrán en práctica con chicas que tendrán que aceptarlas).


En el porno se muestra a la mujer totalmente sumisa, al servicio del hombre, que no puede refrenar sus impulsos viscerales y la usa cómo y dónde quiere para satisfacerse él mismo, sin importarle, generalmente, la satisfacción de su compañera sexual. Esto muestra una imagen muy negativa del sexo para la mujer. Hay una gran cantidad de imágenes humillantes hacia las mujeres que se supone que son fantasías masculinas y que, si una adolescente ve, interiorizará que para satisfacer a su pareja sexual hombre tendrá que realizarlas, les guste o no.


Esta objetualización y esta sexualización no se hacen sin ningún tipo de consecuencia, puesto que son las responsables de que todas o casi todas las mujeres vivan frustradas al ver que no son capaces de cumplir los estereotipos establecidos por la sociedad. De esta forma, el deseo heterosexual femenino se construye a partir del deseo del varón: sus deseos consisten en ser deseadas, no en desear ellas mismas.


Pero no sólo hay consecuencias para las adolescentes que se educan sexualmente en el porno, sino también para ellos, construyendo su sexualidad de una forma muy poco natural y sana. Separa la sexualidad de los hombres tanto de los sentimientos propios como de las relaciones cotidianas y de esta manera contribuye a la disociación como rasgo dominante del modus vivendi masculino. También fomenta la irresponsabilidad reproductiva de los hombres con la total invisibilización del uso de anticonceptivos. Y, además, la fomentación de la aceptación e incluso el uso de la violencia en las relaciones afectivo-sexuales.


En la pornografía también existen tabúes sexuales; vivencias cotidianas representan y al no ser representadas contribuye a mantener los estereotipos de feminidad y masculinidad. El primer tabú es el de la menstruación. La pornografía no se atreve a mostrar actrices que mantengan relaciones sexuales con la menstruación. El segundo tabú es el vello femenino puesto que en la pornografía no aparece el vello púbico por lo general. Además, se muestran escenas de sexo no planificado, pero las mujeres están perfectamente depiladas. El tercer tabú es el del pene flácido. Existe una identificación entre pene y poder. Que no se muestren imágenes del pene flácido en la pornografía puede crear frustración en los hombres que no controlan sus erecciones.

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