Amor, familia y violencia.

Amor, familia y violencia.

En estas fechas tan cercanas a la celebración de las navidades, con sus respectivos eventos sociales, me gustaría reflexionar sobre la imposición del amor familiar.

Cuando hablo de familia en este post, hago referencia a un factor muy importante, la consanguinidad. Entendiendo familia como un grupo de personas sobre las que existe una unión basada en un lazo de sangre, es decir, la base principal de la familia es el parentesco. Esto último es un punto bastante importante para lo que vengo a discutir hoy.

Es en el ambiente familiar en donde empezamos a adquirir una serie de valores, de roles, etc. Aprendemos que la familia es la principal fuente de afectos, de comprensión y de cuidados. Instintivamente la sociedad nos empuja a establecer lazos con las personas que te rodean en este ambiente familiar por el simple hecho de compartir sangre. Tienes un padre, una madre, dos madres, un solo padre, abuelos y abuelas… Da igual qué tipología de familia sea, automáticamente se supone que tienes que querer a esas personas.

Se nos ha enseñado desde que nacemos que el amor tiene que ver con las diferentes relaciones que nos rodean, sin tener en cuenta la calidad y la diversidad de esas relaciones. Por eso, nadie se cuestiona que por el simple hecho de ser madre, padre o hijx te corresponda amor. Es impensable decir que no sientes un vínculo con determinado miembro de la familia sin que nadie se cuestione tu juicio.

En una sociedad tan cambiante, en la que hemos conseguido el derecho a divorcio de nuestras parejas, ¿por qué nadie se plantea el derecho a divorcio de nuestras relaciones de parentesco? Quizás esto suene a locura, pero lo que pretendo decir aquí es que al igual que se nos insiste en que no aguantemos la violencia dentro de nuestras relaciones sexo-afectivas, se nos debería de enseñar que por el simple hecho de que determinadas personas te criaran o mantengan un lazo de sangre contigo, no se debería de aguantar ningún tipo de violencia, a pesar de que la sociedad nos imponga el querer como expresión máxima del sentimiento de afecto hacia tu familia.

A principios de los años 70 se empieza a hablar en los países occidentales de las violencias intrafamiliares, haciendo referencia especialmente al maltrato infantil. Sin embargo, dentro de estos tipos de violencias se distinguen niveles aceptables y no aceptables por parte de la sociedad. Un ejemplo de esto es el cachete, que parte de la sociedad considera necesario como sinónimo de autoridad.

Socialmente se ha vinculado violencia como sinónimo de autoridad de padres/madres hacia lox hijxs y familia como sinónimo de amor fraternal entre miembros, creando así un cóctel molotov de legitimación de la violencia familiar.

Las diferentes formas de violencia dentro de la familia pueden ser por ejemplo, los malos tratos por parte de los progenitores o demás familia y el abuso sexual, generalmente por parte de los progenitores masculinos, tíos o abuelos.

Pero, si constantemente le estamos enseñando nuestrxs hijxs que el amor es lo más importante, que es lo que mueve a la familia, que “tus padres siempre te quieren”… ¿Cómo pueden salir ellxs de ese ambiente familiar si siempre se lxs va a juzgar por desertar del amor a sus familiares?

Si enseñamos que el amor no tiene que ver con las relaciones, que se tiene que querer a alguien, incluyendo a tus familiares, en función de la calidad de esas interacciones y en lo que pase dentro de ellas en vez de enseñar desde que son pequeñxs que “a los padres se les quiere”, deslegitimaríamos la violencia dentro de las familias. Por ejemplo, si a una niña que sufre abusos por parte de su padre la sociedad le empuja a legitimar ese amor dentro de la familia, te marca que tienes que querer a tu padre a pesar de todo. Probablemente ella se pregunte constantemente: ¿Pero qué es el amor? ¿Esto es amor? Creando un cortocircuito que se trasladará a todas sus relaciones afectivas.

Por eso insto a que de verdad empecemos a desprendernos del viejo ideal de amor romántico que afecta no solo a las relaciones sexo-afectivas, sino también y de manera más invisible, a nuestras relaciones familiares. Dejemos de sentarnos en la mesa con personas que nos han tratado mal, que han abusado de nosotras, etc. simplemente porque la sociedad empuje a legitimar que ser padre/madre es garante de amor incondicional. No nos obliguemos a cuidar de personas que comparten la misma sangre que nosotrxs, la sangre no te otorga derechos ni obligaciones.

Cambiemos los conceptos de familia y creemos nuestras propias redes de apoyo. Al final, la familia es la que uno elige y no la que te marca tu origen.

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